Tenno Heika Banzai !!

En el mundo moderno no existe la muerte heroica. Es más, apenas es posible ya tener una muerte digna. La mayor parte de la gente muere aterrorizada o dopada, abandonada en un asilo o más sola que la una, de viejas dolencias o virus modernos, tras una agonía hospitalaria entre tubos de goteo y sanitarios endiosados.

Frente a tanta molicie, Mishima aspiró a una bella muerte, que ensayó durante años. Es más, gran parte de su obra es un preludio de su final, desde el cuento Patriotismo (que narra el suicidio ritual de un militar y su esposa) hasta textos como Las voces de los muertos heroicos, El marino que perdió la gracia del mar o Danza, arte y rearme. Incluso en su corta carrera como actor, Mishima sólo aceptó interpretar a personajes que tuvieran una muerte violenta. Y en su testamento, pidió ser enterrado con una espada entre las manos que demostrara «que no morí como un literato, sino como un guerrero».

Mishima creía que cuando un hombre llega a los 40 años ya no tiene posibilidad de una muerte hermosa, sino que se irá marchitando poco a poco. No en vano, la longevidad generalizada es consecuencia del declive moderno: «La edad promedio de un hombre en la Edad de Bronce era dieciocho años; en la era romana, veintidós. El paraíso debe haber sido hermoso entonces. Hoy debe ser espantoso».

No obstante, Mishima se vio obligado a prolongar su vida hasta los 45 años para que le diera tiempo a terminar su última novela, La corrupción de un ángel, que entregó la mañana del 25 de noviembre de 1970. Poco después, él y otros cuatro miembros de la Sociedad del Escudo, impecablemente uniformados, irrumpieron en el despacho del jefe de la Fuerza de Defensa del Japón, a quien retuvieron a punta de espada, exigiendo que el Regimiento 32 se reuniera a escuchar un discurso que Mishima pronunciaría desde el balcón; en él, pidió a los soldados que se unieran a su contrarrevolución para erradicar la democracia que gangrenaba el alma de Japón. Pero los soldados se negaron, el golpe fracasó y Mishima se dispuso a morir.

El seppuku es un suicidio ritual por desentrañamiento que los antiguos samuráis realizaban para morir con honor. El samurái se clavaba en el lado izquierdo de su abdomen un arma corta de doble filo, realizaba un lento corte hacia la derecha, volvía al centro y terminaba con un corte vertical hasta el esternón, viendo los propios intestinos desparramándose sobre el suelo. En ese momento entraba en acción el kaishaku, un ayudante con gran dominio de la espada que se ocupaba de decapitar al suicida para evitar una agonía de horas. Según el código Bushidô, «mientras exista el seppuku, el Japón eterno vivirá».

Mishima no se hizo un seppuku demasiado limpio, pues sus cortes no fueron profundos ni certeros, pero siguió el rito a rajatabla. Como, tras varios intentos, su asistente no logró decapitarlo, cedió la espada a otro miembro de la Sociedad del Escudo, que hizo rodar por fin la cabeza de Mishima. Su última frase fue «Tenno Heika Banzai», tres violentas palabras que en la lengua de Cervantes se transmutan en cuatro: ¡Larga vida al Emperador!

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